
Parte I
Por Luke Schmaltz, Editor del boletín VOICES; traducido por Renee Cuevas
Gina Malagold se desempeña como Directora de Asuntos Multiculturales en Song for Charlie. La misión de esta organización es educar a jóvenes y familias sobre el nuevo panorama de las drogas, desde las pastillas falsificadas que contienen fentanilo y otras sustancias altamente potentes, hasta productos con concentraciones elevadas de THC.
Esta organización nacional sin fines de lucro, liderada por familias, busca promover estrategias saludables para afrontar las dificultades de la vida, en lugar de recurrir a la automedicación. Para ello, desarrolla herramientas educativas basadas en investigación, programas escolares, recursos para fortalecer las conversaciones familiares y modelos de aprendizaje entre pares.
Malagold cuenta con una destacada trayectoria académica, que incluye múltiples maestrías y un doctorado obtenido en instituciones de primer nivel. Su experiencia en políticas de drogas, lucha contra el narcotráfico e historia de los latinos en Estados Unidos le ha permitido impulsar iniciativas de concientización sobre los riesgos asociados al suministro de drogas contaminadas. Su labor está orientada a prevenir muertes relacionadas con el consumo de sustancias y a acompañar a quienes han perdido a un ser querido, ayudándoles a encontrar apoyo y comunidad tras una tragedia.
Una tragedia inesperada
En 2020, Malagold perdió a su hermano Dylan, de 26 años, debido a una sobredosis accidental de fentanilo.
“El 19 de julio”, recuerda Malagold, “mi hermano consiguió una pastilla que creía que era Xanax, pero contenía fentanilo. Era padre primerizo de una bebé de apenas cuatro meses. Siempre fue una persona muy sensible y reservada; tuvo dificultades en la escuela, pero destacaba enormemente en todo lo relacionado con las personas, la familia y las relaciones interpersonales
Le encantaba trabajar con niños. Por eso era guardia de cruce escolar y salvavidas. Era ese tío divertido que siempre inventaba juegos para reunir a toda la familia”.
“Era muy guapo, medía casi un metro ochenta y cinco, tenía el cabello rizado, una gran sonrisa y tatuajes que reflejaban con orgullo nuestra herencia latina. Mi familia es uruguaya-estadounidense, por lo que crecimos entre dos culturas. Algunas semanas después de su funeral, una mujer de nuestra preparatoria me contactó para compartir un recuerdo de su clase de francés. Me contó que había sido un excelente estudiante en esa materia. Escuchar eso me reconfortó profundamente. Me gusta recordarlo así”.
Malagold explica que Dylan desarrolló una adicción a las benzodiacepinas.
“El Xanax era la sustancia que consumía con mayor frecuencia. Todo comenzó con unas pastillas de prescripción que no se usaron en casa, una receta médica que había quedado sin usar dentro de la familia. Por eso damos tanta importancia a iniciativas como el Día Nacional de Recolección de Medicamentos. La dependencia apareció rápidamente y, con el tiempo, comenzó a conseguir las pastillas en la calle.
La pandemia creó una tormenta perfecta: perdió su empleo, acababa de convertirse en padre, se sentía completamente desorientado, estaba aislado de muchos de sus amigos de siempre y comenzó a relacionarse con nuevas personas. Estamos bastante seguros de que las pastillas que obtenía antes de morir ya contenían fentanilo, porque había sufrido dos episodios de sobredosis no mortales anteriormente”.
En aquel momento, Gina nunca había escuchado hablar del fentanilo.
“Cuando entendí que algo grave estaba pasando, me propuse salvar a mi hermano. Comencé a llamar a líneas de ayuda, departamentos de policía y a buscar información en internet. Todo esto pasó durante la pandemia. Yo trabajaba desde casa como profesora en la Universidad de Georgetown, impartiendo clases en línea mientras intentaba ayudarlo desesperadamente ”.
En busca de respuestas
“Cuando llamé a una línea de apoyo, me preguntaron si Dylan consumía opioides. Les expliqué que estaba tomando Xanax. Me respondieron: ‘Dígale que no lo mezcle con alcohol y debería estar bien’. Ese fue prácticamente todo el consejo que recibí.
Fue una de las muchas oportunidades perdidas. Si una sola persona me hubiera dicho: ‘No permita que consuma solo’, o ‘Tenga naloxona a la mano’, o ‘Enséñele a utilizar tiras reactivas para detectar fentanilo’, mi hermano podría seguir con vida”.
Sin embargo, uno de los consejos más importantes llegó de un lugar inesperado.
“El mejor consejo que recibí fue de mi ginecóloga. Me dijo: ‘Nunca te rindas con tu hermano’. Esa simple muestra de compasión me llevó a volver a contestar sus llamadas.
Mi forma de verlo cambió por completo. Dejé de pensar en él como una persona problemática o irresponsable y comencé a entender que necesitaba ayuda. Comprendí que, al igual que alguien que enfrenta cualquier otra enfermedad, necesitaba apoyo, amor y una familia dispuesta a acompañarlo, no a rechazarlo.
Esa conversación durante una consulta médica de rutina marcó una enorme diferencia en mi vida”.
Esa experiencia es una de las razones por las que Malagold se ha convertido en una firme defensora de la prevención y la educación.
“Si yo, teniendo acceso a tantos recursos en Washington, D.C., no pude encontrar la manera de ayudar a Dylan, imaginen lo difícil que debió haber sido para alguien como mi padre, inmigrante de primera generación, que no tenía idea de cómo enfrentar una situación así.
A eso hay que sumarle el estigma, la vergüenza, el miedo, el agotamiento emocional y la naturaleza caótica que suele acompañar al consumo problemático de sustancias. No fue fácil. Dylan se quedaba dormido al volante y temíamos constantemente que pudiera sufrir un accidente o poner en riesgo a otras personas.
Hoy entiendo que muchas familias están viviendo situaciones similares y enfrentan los mismos desafíos sin saber a dónde acudir”.